El por qué de la cautela

¿Dónde estarías sin la Ciencia? Que se lo pregunten al ingeniero Isaac Clarke en su visita al USG Ishimura, donde una mezcolanza malsana entre Ciencia y Religión ha desatado el desastre y el caos (sí, esas manchas en el cartel son lo que parecen; mejor les ahorro lo que hay debajo).

Se habla estos días sin parar de las implicaciones de que los neutrinos viajen más rápido que la luz, de si eso los hace capaces de retroceder en el tiempo, como si tuvieran un Delorean, y de si eso echa o no por tierra la Teoría de la Relatividad de Einstein.

La comunidad científica, sin embargo, llama a la cautela. Incluso los propios autores del experimento de OPERA. “Antes de emocionarnos y lanzarnos a especular”, dicen, “comprobemos si hay algún error sutil en el experimento, o en su interpretación. Y de no encontrarlo, repitamos el experimento para confirmar los resultados”.

Los científicos, esos aguafiestas. ¿Por qué actúan así? ¿Por qué esa necesidad de confirmarlo todo? ¿Es que no se fían del buen hacer del equipo que hizo el experimento? Dicho de otro modo, ¿sería nuestro conocimiento acerca del mundo más erróneo si no tuviéramos a los plastas esos insistiendo en reproducir y verificar los trabajos llamativos de otros?

Pues sí. Sin lugar a dudas. Déjenme ilustrarlo con tres ejemplos.

¿Otra vida es posible? ¿Seguro?

La bacteria GFAJ-1, sospechosa del delito, en vías de ser ser absuelta. Crédito NASA.

Si siguen este blog, recordarán que en su día, yo mismo estaba entusiasmado con la noticia: Un equipo liderado Felisa Wolfe-Simon encontró una bacteria en el Lago Mono que posiblemente era capaz de sustituir el fósforo de su ADN por arsénico, nada más y nada menos. Esto suponía una revolución en la Biología como la conocemos. En su momento, ante el bombazo que esto supondría, se llamó a la cautela, a la espera de que otros equipos confirmasen el experimento y el rigor en los procedimientos utilizados por el equipo investigador.

Sin embargo, a día de hoy la metodología del artículo ha sido duramente criticada por otros expertos del campo, a lo que Wolfe-Simon y su equipo no han respondido con nuevos datos tomados con un procedimiento más riguroso. Lo más probable, parece ser, es que todo el asunto se debiera a una contaminación de las muestras del equipo original, dando lugar a conclusiones erróneas.

Si no se hubiera revisado concienzudamente ni discutido, en unos años, posiblemente, hasta invertiríamos millones en una nueva rama de la biología que quizá estaría condenada al fracaso más absoluto.

La Tierra que nunca estuvo allí

Visión artística del planeta en cuestión, Gliese 581c, o Mundo de Zarmina... que resultó ser una región del País de Nunca Jamás. (Crédito: Lynette Cook)

Hace un año me mostraba muy emocionado por el descubrimiento, por parte del equipo de Steven Vogt, de Gliese 581 g, el primer exoplaneta de tipo terrestre potencialmente habitable. La levísima perturbación en sus datos indicaba la presencia de hasta dos planetas nuevos en dicho sistema. Alumbrado por una enana roja, y en plena zona de habitabilidad circunestelar (a la distancia adecuada de su estrella para poder albergar agua líquida en su superficie) en un sistema situado a tan sólo 20 años-luz de nosotros. Naturalmente, este planeta sería el primer candidato a la hora de buscar una atmósfera con condiciones para la vida.

Pues bien, poco después, otro equipo puso en duda el descubrimiento, a raíz de ser incapaces de encontrar el planeta con sus propias datos de hacía unos años. Sin embargo, esperaron a tomar nuevos y mejores datos para asegurarse de que el planeta no estaba allí. El anuncio oficial, tal y como cuenta Daniel Marín en Eureka, se hizo el pasado 12 de septiembre.

¿Qué hubiera ocurrido de no haber confirmado nadie los resultados? Especulemos, rebobinando varios cientos o miles de años hacia el futuro. Tenemos una Tierra devastada y unos pocos miles de intrépidos supervivients que escapan en una nave en busca de un nuevo hogar, y que se dirigen a Gliese 581 g, al que tardan, pongamos, 200 años en llegar.

Imagínense el chasco cuando vean que el planeta que esperaban encontrar nunca estuvo allí.

La escasa memoria de la memoria del agua

Veo esto y sólo puedo pensar: "¡Por favor, por favor, por favor, que el agua no tenga memoria!" (Crédito: Loren Coleman)

En 1988, una de las revistas científicas más prestigiosas, Nature, publicaba un hallazgo insólito de Jacques Benveniste: el agua en el que había estado disuelta una sustancia determinada se comportaba de manera diferente que el agua en el que no había estado disuelta, incluso cuando la disolución era tan fuerte que no podía haber una sola molécula de la sustancia original en el resultado final.

En otras palabras, el agua tenía memoria. El artículo venía acompañado de un editorial que llamaba a la prudencia y describía las leyes básicas de la física y de la química que se violarían totalmente de resultar ser cierto lo que se decía en el artículo (casi todas, a decir verdad).

Nature publicó el artículo al no encontrar fallos metodológicos evidentes (punto para Nature), pero, eso sí, dado lo extraordinario de sus conclusiones, acordaron que Benveniste realizara de nuevo el experimento bajo la supervisión de un comité de revisores nombrado por Nature, y entre los que se encontraba el ilusionista, investigador de lo paranormal y escéptico James Randi.

Cómo funciona la memoria del agua. 1: "Intentad recordar la forma de esta substancia". 2:"¡Mantened la formación, mantened la formación!". 3: 0,000000009 segundos después "Oh no, otra vez...". (Visto en Stripped Science.)

Se repitió el experimento y, efectivamente, el resultado fue que el agua tenía memoria… cuando los experimentadores sabían qué tubo correspondía a qué sustancia. Lo repitieron entonces de nuevo, imponiendo un sistema de control de doble ciego, de modo que los experimentadores no podían saber cuál era cada tubo. El resultado, esta vez, fue que el agua carece de memoria, en línea con lo que sabemos de física y química.

Nature publicó en su siguiente número una rectificación, donde atribuía los resultados del artículo original al sesgo del experimentador (conocido sesgo por el cual el deseo del experimentador de un resultado puede hacer que, con los mismos datos, se tienda a ese resultado; razón por la cual se trabaja siempre con sistemas de control rigurosos como el doble ciego). Desafortunadamente, esta rectificación tuvo mucha menos repercusión mediática que el artículo original. Como la que tuvo la declaración de uno de los coautores del equipo de Benveniste, Francis Beauvais, quien corroboró la conclusión de los editores de Nature.

¿Qué hubiera pasado de no haber rectificado la revista, o de no haberse repetido los experimentos? ¿Se imaginan un mundo en el que hubiera medicamentos sin una sola molécula de principio activo, donde éste hubiera estado diluido en agua, aprovechando la memoria que nunca tuvo?

Ah, éste no hace falta que se lo imaginen. Es el nuestro, y esos medicamentos se llaman homeopáticos.

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Acerca de Miguel Santander

Tras el Horizonte de Sucesos
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5 respuestas a El por qué de la cautela

  1. DarkSapiens dijo:

    Magnífica entrada, Miguel 🙂

  2. "El Bicho" dijo:

    Me gusta!!!!

  3. ¡Felicidades por otra buenísima historia!

    No sabía lo de que “El Mundo de Zarmina” había quedado en nada… gracias por contarlo. Me lo guardo para una futura historia de mis artículos en el Suplemento Zoco de Diario Córdoba, dado que el año pasado le dediqué un artículo completo.

  4. Pingback: Enlaces yuriesféricos del 11/10/2011 | La Yuriesfera

  5. Pues sí Ángel, eso parece. Yo tampoco lo sabía hasta hace bien poco, me enteré por Dani Marín, de Eureka.

    ¡Gracias a todos por los comentarios! 🙂

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