Adictos

(En exclusiva en este blog, les presento el primer relato del Inspector Mendigoitia, que espero tenga bastantes más por delante por resolver. Que lo disfruten.)

La puerta de la mansión cedió ante el ariete y se derrumbó. Una vaharada nauseabunda escapó al exterior, provocándole a uno de los policías una arcada que a duras penas logró contener. El inspector Mendigoitia dio un último mordisco a la manzana, la tiró al césped y le palmeó la espalda.

—Bermúdez, no me sea usted nenaza, ¿quiere? Chicos, parece que hay alguien en casa, después de todo —hizo una señal a sus hombres, que empuñaron las armas—. Adentro.

El cabo Bermúdez, el forense Díez y el propio Mendigoitia entraron una vez que la patrulla hubo asegurado el recibidor y las habitaciones colindantes. El vestíbulo era amplio y luminoso, de estilo neoclásico. Estaba adornado por columnas de mármol blanco y bajorrelieves de motivos florales, y un busto —con el inconfundible rostro de Vílchez— presidía la pared principal junto a las arcadas laterales que daban a sendas galerías.

—¿Un busto de sí mismo? ¿Cuánto se quiere, no? —comentó el cabo al pasar.

—El problema no es cuánto se quiere él, sino cuánto le quieren los demás —respondió el inspector en tono grave.

Mendigoitia suspiró, ansioso por cerrar el caso de una vez. Veinticuatro adeptos a su oscuro culto —anunciado como una comunidad de toxicómanos— desaparecidos desde hacía ya trece días. Otras tantas familias desesperadas por cualquier noticia de sus allegados, de los que sólo tenían vagas notas de despedida que aseguraban que «pronto serían felices en un plano superior de existencia junto a Walter y los Saelianos». Los medios, dándose un festín diario con el tema, alimentando toda clase de teorías de suicidios masivos mientras desde la jefatura superior no dejaban de tocarle los cojones, como si no se estuviera dejando ya la piel con el asunto.

Y, por si aquello fuera poco, un puñado de idiotas había decidido que era muy gracioso jurar haber visto a Walter Vílchez en distintos lugares de la geografía española, haciéndoles dar palos de ciego durante más de una semana, hasta que, finalmente, dieron con aquella mansión en la Moraleja, comprada a nombre de una de las empresas de la trama del gurú. La solitaria casa, en mitad de una finca de cien hectáreas, estaba cerrada a cal y canto cuando llegaron con la orden judicial.

El inspector siguió a sus hombres hasta un salón. El hedor era mucho más penetrante allí. Los policías estaban parados en la entrada, con los ojos muy abiertos, como si no quisieran dar crédito a lo que veían. Uno de ellos se dobló hacia delante y vomitó.

—¿A ti también te ha sentado mal el desayuno, much…? —bromeó Mendigoitia, pero se interrumpió de golpe al llegar a su altura. Parpadeó, incrédulo, y sólo alcanzó a musitar—: Bermúdez…

—¿Sí, jefe? —contestó el cabo a su espalda, aún ignorante del panorama.

—¿Qué coño ha pasado aquí?

El lujoso salón estaba cubierto de cadáveres. Mendigoitia contó trece, la mayoría de ellos empapados de sangre reseca, con profundos cortes y contusiones aparentes, y en un incipiente estado de descomposición; los menos simplemente yacían por las esquinas como si durmieran, pero varios estaban amoratados y poseídos por un más que evidente rigor mortis. El inspector se agachó ante uno de ellos; estaba muy delgada, le faltaban un par de dientes y parecía como si se le hubiesen habían caído mechones de pelo.

Se puso en pie. Los cristales de las ventanas enrejadas estaban rotos; había salpicaduras de sangre en las paredes y en el enorme televisor de plasma. El suelo y la alfombra roja que corría hasta la tarima principal estaban plagados de astillas de madera y sillas rotas. Al fondo, una cámara de vídeo montada sobre un trípode estaba tirada en el suelo, destrozada.

Una vez repuesto, Mendigoitia se calzó los guantes de goma, dio indicaciones a los policías de la entrada para que registraran el resto de la vivienda y al forense para que examinase los cuerpos. Luego, ordenó al cabo —pálido como un fantasma— extraer la tarjeta de memoria de la cámara y enchufarla en el reproductor bajo el televisor, y se encendió un pitillo con gesto cansado.

—Eh, señor… —titubeó Bermúdez cuando volvió a su lado, señalando al cigarrillo.

—No me joda, Bermúdez. ¿Me va a decir que no puedo fumar en la escena del crimen? ¿Pero ha mirado usted a su alrededor? ¿A quién le voy a joder los pulmones?

—No, señor. Le iba a pedir uno. Creo… —tragó saliva—, creo que la ocasión lo merece.

El inspector rompió a reír.

—Tome, anda. Espero que no le ponga esa cara a su mujer cada vez que «la ocasión lo merece»…

La grabación se inició. Walter Vílchez se dirigía a su público, enfundado en una toga roja y blanca. Sentados en varias hileras de sillas y taburetes perfectamente alineados, veintitrés de sus adeptos esperaban. Uno o dos de ellos giraban la cabeza hacia la cámara. Aparentemente gozaban de buena salud, y su expresión era beatífica. Nada permitía adivinar la carnicería que tendría lugar poco después en esa misma habitación.

Hijos míos —comenzó el gurú. La grabación estaba fechada hacía doce días—, estamos aquí reunidos para deshacernos de una vez por todas del yugo que se nos ha impuesto. Nuestros hermanos Saelianos, cuyos espíritus astrales no conocen el pecado de la droga, nos piden este acto de purificación como prueba de nuestra voluntad, antes de venir a buscarnos para llevarnos con ellos al plano de Sael.

—¿Bermúdez?

—¿Sí, señor?

—Este hombre está como una chota —dijo el inspector mirando a su alrededor—. Y no lo veo por aquí.

—Yo tampoco, señor.

El forense le llamó, carraspeando por encima de la voz de Walter Vílchez, que inundaba el salón con su discurso.

—¿Señor?

—¿Qué tiene, Díez?

—Estos tres están vivos, señor. Aunque… tienen el pulso muy débil, no creo que…

—Llame a una ambulancia, haga el favor. ¿Qué hay de los demás?

Para impedir que caigamos en las garras de nuestra adicción, he bloqueado las puertas, que no se abrirán hasta dentro de dos semanas. No intentéis abrirlas, pues no tengo la llave, ni conozco el código de seguridad.

Díez negó con la cabeza.

—Casi todos murieron violentamente. Y fueron mutilados post mortem.

—¿Y esos otros? No están cubiertos de sangre; no me dirá que están dormidos, ¿no?

—No lo entiendo, señor, es como si hubieran muerto de…

—¡Díez! —el apremiante grito resonó desde la galería—. ¡Díez, ven a ver esto!

El inspector asintió y observó al forense correr galería abajo. Luego se volvió hacia el televisor.

Dos semanas. Dos semanas, y estaremos curados. Curados de la mentira que nos han hecho creer, libres de la influencia de la peor de las drogas que los Rigelianos impusieron al ser humano en la noche de los tiempos.

»Se lo que estáis pensando. Es natural tener miedo. ¿Seré capaz? ¿No me matará el síndrome de abstinencia? ¡Necesitáis pruebas! ¡Pruebas! Ay de aquel que necesite pruebas para creer, os habrán dicho… Pero yo os digo, ¿no es de necios creer sin ver?

El gurú levantó los brazos, y una atractiva joven —la vigesimocuarta adepta— envuelta en poco más que una gasa apareció por el lateral. Traía en brazos un bebé, y un niño de unos dos o tres años correteaba inocentemente a su lado. Mendigoitia entornó los ojos.

Estas criaturas, mis propios hijos, no han sido contaminadas por la droga…

Alguien tocó el hombro del inspector. Se volvió.

—¿Señor? —El forense tenía el rostro desencajado—. Creo que debería venir a la cocina.

Mendigoitia y Bermúdez siguieron al forense por la galería.

—Han encontrado otros ocho cadáveres en un dormitorio comunal, en la planta baja —informó Díez.

—Van veintiuno… —dijo pensativo el inspector—. ¿Alguno es el de Vílchez?

El forense negó con la cabeza. Llegaron a la cocina, que varios hombres registraban, abriendo los armarios, todos ellos vacíos. Una pantalla en la pared mostraba el discurso del gurú:

—… son puros, la prueba de que, por duro que sea el síndrome de abstinencia, podemos lograrlo…

Mendigoitia se dirigió hacia el forense, que señalaba a la papelera.

—¿Y bien?

No necesitó que nadie contestara. La bolsa de la basura estaba llena de huesecillos, y no había que ser muy listo para averiguar de qué eran.

—Los restos del otro, el mayor, aún están en el horno.

Y ahora, oremos todos.

—Jesucristo… ¿Pero qué han hecho estos hijos de puta?

Un agente entró apresuradamente.

—Señor, hemos encontrado a Vílchez en el piso de arriba.

Yurena, Vanesa, acompañad a este humilde siervo, oremos los tres en mis aposentos…

El inspector subió las escaleras de dos en dos, seguido de cerca por el cabo Bermúdez y el forense. El agente le guió por el laberinto de habitaciones hasta el dormitorio principal. El cadáver de Vílchez, hinchado, lleno de moretones, y aún vestido con la toga, yacía sobre una gran cama circular, en compañía de las dos jóvenes de la grabación, que estaban desnudas, ensangrentadas y visiblemente mutiladas. El gurú seguía en el televisor frente a la cama:

—…Nuestras voces y espíritus se entrelazarán en un canto de dicha que agradará a nuestros hermanos; juntos nos fundiremos en el gozo con ellos, libres de todo pecado y toda adicción.

Mendigoitia tragó saliva y se acercó a la cama.

—Y con estos, veintitrés y el gurú —murmuró—. ¿Han encontrado al que falta?

—No, señor —respondió el agente—. Hemos registrado la mansión entera y no hay…

—¡Pues regístrenla de nuevo! En el vídeo se veían veinticuatro acólitos, y a no ser que nos hayamos perdido el aterrizaje de los Saelianos para llevárselo al país de la piruleta, estará agonizando en una bañera o algo así. Así que remuevan Roma con Santiago y miren hasta debajo de las camas si es necesario.

El agente asintió y salió del dormitorio. Mendigoitia se volvió hacia el forense, que examinaba el cuerpo de Walter Vílchez.

—Fue el primero en morir. Al menos dos días antes que el resto.

Mendigoitia se inclinó sobre el cadáver. Había migajas de galletas sobre la cama y en el bolsillo de la toga del gurú.

—Fíjese —comentó—. O la bruja encontró el rastro de miguitas y se comió a nuestro amigo Hansel, o fueron sus propios acólitos.

—…Hermanos, disponed de mi humilde casa como queráis. Esta es vuestra casa, esta es vuestra familia. Juntos, no desfalleceremos. Unidos en la adversidad, nos daremos coraje los unos a los otros, mantendremos la voluntad necesaria…

Al lado de la cama había una garrafa de agua vacía. El inspector gruñó y miró hacia los lados, pensativo. Luego caminó hasta el baño contiguo, abrió un grifo y comprobó que no salía ni gota. Volvió al dormitorio y descorrió la puerta del armario. Tras un montón de ropa halló un panel echado a un lado que encajaba perfectamente sobre las guías de metal, creando un doble fondo. Había cajas de galletas y conservas y cinco garrafas de agua. Todo vacío.

No era suficiente para todos, pensó Mendigoitia, pero sí para…

El alarido de Bermúdez interrumpió sus pensamientos, helándole la sangre. Cuando se volvió hacia él, un hombre —o una parodia de hombre, más bien— ensangrentado clavaba sus dientes en el cuello del cabo, que se retorcía de dolor; la pareja se movía por toda la habitación como en una coreografía endemoniada, golpeándose violentamente con muebles y paredes.

—¡Atrás, suéltelo o disparo! —gritó Díez, apuntando su arma con poca decisión.

—¡Llevadme —gruñó el hombre entre mordiscos—, llevadme con vosotros, herman…!

Jamás terminó la frase. Hubo una detonación y el adepto puso los ojos en blanco; la sangre salió a borbotones del orificio de la sien, salpicando a Bermúdez, y se desplomó en el suelo, muerto.

Temblando, el cabo se giró hacia Mendigoitia, que volvía a poner el seguro a la pistola y la guardaba en su funda.

—No tiene importancia —dijo el inspector con un gesto—. Nunca me gustaron los yonkis.

—…Pues sólo así, hijos míos, cuando nos alimentemos de luz, nos libraremos de la más nociva de las drogas: la comida y el agua.

——–

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Acerca de Miguel Santander

Tras el Horizonte de Sucesos
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2 respuestas a Adictos

  1. cora dijo:

    Interesante adicctadura

  2. Pilar Guerrero dijo:

    Me encantan las novelas de detectives, en las que un inspector resuelve casos con pocas pistas y mucho ingenio. bastante gráficas las descripciones, y me pilló tomado un café con un sandwich!!!
    Me quedo a la espera del siguiente caso para Mendigoitia.

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