Los doscientos mil años de (casi) tranquila existencia de nuestra especie no representan sino un parpadeo en los 4.500 millones de años de historia del Sistema Solar. Esta falta de perspectiva nos lleva a una contradictoria ilusión: por un lado, tenemos la impresión de que nada cambia, de que seguiremos aquí dentro de millones de años, en un planeta parecido al que disfrutamos hoy en día. Y al mismo tiempo, en una flagrante contradicción, no dejamos de inventar profecías de un inminente fin del mundo, que, por supuesto, nunca llega.
Tan sólo la ciencia nos permite adquirir una perspectiva más amplia sobre la irrelevancia de nuestra especie en el Gran Teatro del Cosmos, sobre la extrema violencia de los fenómenos que rigen y moldean el Universo, y sobre el hecho de que el no haber sufrido un cataclismo que desemboque en una extinción masiva se debe, simple y llanamente, a que no hemos estado por aquí el tiempo suficiente.






















