
(No, no me voy a ninguna parte. «Fin» es el título del microcuento que nos ocupa, escrito para una convocatoria del cuentoyó cuyos requisitos eran que tuviera exactamente 250 palabras, y que la primera frase fuera «Cuando se despertó, no recordaba nada de la noche anterior»… No tengo ni idea de si este cuento en concreto gusta o no, así que si tenéis alguna crítica (buena o mala), ¡por favor, a los comentarios!)
Cuando se despertó, no recordaba nada de la noche anterior. Exhausto al principio, se abandonó al placer y a los gritos apasionados de su mujer hasta que ambos ronronearon, entre caricias. Cansado, observó el resplandor de la luna tras la ventana de la cocina mientras se tomaba un vaso de leche caliente y un sandwich. Salió y, al arrancar el coche, se fijó en que estaba en reserva. Resolvió llenar el depósito al día siguiente.
El viaje hasta el laboratorio resultó tranquilo; no había tráfico en la oscuridad. La salida del sol le pilló trabajando febrilmente en la nueva teoría. Comió con sus colegas, pero no fue hasta la penúltima hora de la jornada, antes de comprobar su correo, cuando tuvo la idea que lo revolucionaría todo.
Fue justo después de llegar corriendo del despacho de la Dra. Moira, tras la larga conversación que mantuvo con ella. Las matemáticas no mentían: ¡era posible violar el Segundo Principio de la Termodinámica! Invertir el flujo de la entropía, tan inamovible como el del tiempo… Avanzar (o quizás retroceder), del desorden hacia el orden. Sería el futuro quien se reservaría el privilegio de mostrarles si era realmente posible construir dicha máquina.
La vuelta a casa fue desesperante debido al atasco. Arranca, para, arranca, para. Comprobó el depósito; aún quedaba la mitad, suficiente. El sol se ponía cuando llegó a casa, se tomó un café y se acostó. El reloj continuó su inmutable marcha y el jueves 17 terminó, dejando paso al miércoles 16.
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